Palabras hacia la existencia

Las palabras me redimen, me recuerdan que existo. Hubiera sido insoportable un mundo en el que no comenzara a escribir. Vencí mi prehistoria cuando me enfrenté al primer cuaderno en blanco y no supe qué decir, ese día lloré, las palabras escritas me acompañaron, me regalaron el derecho a existir. Cada palabra escrita fue como comenzar a limpiar un espejo muy sucio donde de a poco comencé a reflejarme. Ahí estaba yo, tímidamente, sin reconocerme bien, sintiéndome dueña de una existencia clandestina: queriendo existir, pero en secreto; con ansias por decir algo, pero sin saber qué ni a quién; esperando que alguien escuche mi voz, pero temblando de miedo ante la posibilidad de que así fuera.

Se fue haciendo más fuerte mi voz mientras más escribía, se iba separando de entre las voces extrañas que flotaban en una amorfa nube alrededor. Por encima de ellas, todo se veía más despejado. Me quise, mi mundo interior creció, creció tanto que se convirtió en una prisión sin llave. Tenía la llave para dejar salir las palabras de allí, pero preferí guardarla como reliquia. En la escritura tenía control, en el habla era vulnerable.

Permanecieron presas las palabras habladas por mucho tiempo más, hasta que no pudieron soportarlo, quisiera decir que un día se desbordaron y que desde ahí no pude parar, pero no fue así. Más bien, comencé a tener fugas, pequeñas goteras en la estructura interna que ya no podían contenerse sin delatarse. Comenzó a salir de mi boca el mismo contenido que llevaba tiempo cultivando en secreto. Podía hablar. Y me escuché, todavía clandestina, pero existente. Y me escucharon, por primera vez. Y no soporté quedarme, me fui corriendo cada vez, de vuelta a la cómoda prisión.

Ahora han comenzado a haber muchas fugas, ya pronto la estructura no va a soportar. Ya no aguanta más parches, y en vez de conseguirlos de mejor calidad, decidí martillar por dentro. Sería insoportable un mundo en el que no comenzara a hablar. Ya casi se rompe la estructura. Ya casi termina la existencia clandestina. Ya casi. Ya casi. Ya casi. Esto va a doler. Pero siempre ha dolido, y esta vez prefiero que duela en compañía. Ya no aguanto la soledad de mis propias palabras. Falta mucho por sufrir, por llorar, por regular. Y aun sabiéndolo, espero con ansias que suceda. Después de la explosión se recreará la vida. No quedará muro para esconderme detrás, no habrá misterio que cubra mi vergüenza. Todo deberá ser redescubierto. No morirá mi mundo interior, sé que será más rico que nunca, solo que ahora habrán caminos de ida y vuelta. Terminará el monólogo, mi voz se hará amiga de otras, cantará en coro, gritará en protesta, celebrará en comunidad. Ya no me quedaré escuchando mi propio eco creyendo que es compañía.

Aquí estoy. Ya menos clandestina. Ya casi redimida de la inexistencia.

Aquí estoy. Existo. Doy la cara. Ya no quiero salir corriendo.

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